
La fotografía en blanco y negro no es solo una forma de mirar el mundo para mí; es una obsesión que me acompaña desde hace más de 35 años. Desde la primera vez que vi aparecer una imagen en el revelador, entendí que la fotografía tenía algo de magia, de alquimia y de memoria.
Siempre me ha fascinado la fotografía instantánea, ese instante irrepetible en el que la luz queda atrapada para siempre. El acto de calcular la exposición, medir la luz casi de manera intuitiva y decidir el momento exacto de disparar se ha convertido con los años en una extensión de mi propia mirada. Cada fotografía es una decisión, un equilibrio entre técnica y emoción.
Pero donde realmente siento la conexión más profunda es en el laboratorio. El silencio del cuarto oscuro, el olor de los químicos, el negativo colgado todavía húmedo y la espera paciente mientras la copia aparece lentamente sobre el papel fotográfico forman parte de un ritual que nunca ha perdido fuerza para mí. Revelar no es simplemente un proceso técnico: es volver a vivir el instante fotografiado.
En un mundo dominado por la inmediatez digital, sigo encontrando en el blanco y negro analógico una verdad difícil de explicar. La textura del grano, los contrastes imperfectos y las pequeñas huellas del proceso manual hacen que cada imagen tenga alma propia.
Mi fotografía nace de esa necesidad constante de detener el tiempo, de transformar la luz en memoria y de mantener viva una manera de crear que sigue emocionándome igual que el primer día.

